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El 'festín' del Departamento de Estado II

BY Diego Beas | Tuesday, December 14 2010

El diario El País ha hecho un estupendo trabajo procesando y analizando las diferentes formas en las que la embajada estadounidense en Madrid tiene un pulso firme sobre España. De un diagnóstico certero de sus principales figuras políticas a la forma en la que la propia embajada ha participado del debate sobre el cierre de páginas web que contienen contenidos ilegales (un debate espinoso que ha enfrentado al gobierno de Zapatero con diversos sectores).

Hace lo mismo con el torrente de información que se ha dado a conocer sobre América Latina y el montón de complicidades mórbidas que la aquejan. Sobre las interpretaciones de consumo interno del Departamento de Estado y sobre los huecos del rompecabezas que la información recién revelada llenan. Un trabajo, por cierto, que ningún diario del continente americano está haciendo de manera seria.

Lo que nos lleva al segundo punto: el ensañamiento con la organización que reveló la información: por parte del gobierno de Estados Unidos, algunos poderes fácticos (Amazon, Visa, MasterCard, et al.) y los propios medios de comunicación.

Mucho más preocupante que la información dada a conocer en las filtraciones es la reacción del gobierno y algunos políticos en Estados Unidos. No me refiero específicamente a la Administración Obama —atrapada entre la espada y la pared—. Pero sí a miembros del Congreso y amplios sectores del Partido Republicano que han pedido de manera explícita y en público la ejecución de Julian Assange (sí, ejecución, como en pena capital). O, que un senador como Joe Liberman utilice el poder del Congreso para presionar de manera directa e intimidatoria para que Amazon.com elimine de sus servidores la página de Wikileaks, me parece una mayor infamia que lo que he leído hasta ahora en las notas diplomáticas.

Estas posiciones debilitan más a Estados Unidos que cualquiera de los 250.000 cables revelados. Debilitan su imagen en el mundo, su asertividad moral en una amplia variedad de temas y, sobre todo, su posición como adalid de la libertad de expresión y prensa libre. Con ello, cuidado, no pretendo decir que Estados Unidos ya no la tenga; la tiene: poner en tela de juicio a la totalidad del sistema democrático y más de 200 años de historia, es poco serio y reduccionista. Pero si la descuida, la puede perder.

En fin, un debate que dará para mucho y que demuestra empíricamente cómo las tecnologías de la información están transformando a la santísima trinidad —la de la democracia, por supuesto—: gobierno, medios de comunicación y ciudadanía. Fascinante ver cómo unos están usurpando el poder de otros.